La aldea de la Luna... parte IX

martes, octubre 13, 2015

Continuación...

Dile que no era mi intención – Nightblade apretó la mano de Aramis entre las suyas 
Se lo diré, pero me parece que el apreciaría más eso viniendo de ti – respondió el hechicero. 
Pero… ¿qué hago con esto? – ella levantó los cuchillos 
Puedes decirle que es lo que te sucede, con no acercarse estará bien – Aramis sonrió – además, me parece que el necesita su espada, por qué no se la llevas, está cerca del río. 

Ella guardó el par de cuchillos y tomó la espada, volteó a ver a Aramis por última vez y caminó en la dirección que éste le había indicado. 

Aramis la vio alejarse y suspiró con tristeza, en el rato que estuvo ahí junto a la espada de Alejandro vio como los rubíes se iluminaban más que en otras ocasiones, comprendió que Alejandro corría con la misma suerte que Nightblade; la fusión de ella con los cuchillos aseguraba una defensa inquebrantable, mientras que la unión de él con la espada tenía como propósito el ataque, y aun resultando herido, la espada se fortalecía con la sangre que él perdía. Se quedó en silencio durante un rato, volteó a ver a Amanda y se preguntó que misterio encerraría ella. 

Cerca del río se encontraba Alejandro, estaba inmerso en sus pensamientos y no se dio cuenta que alguien se acercaba, jugaba con sus dedos en el agua, lanzaba pequeñas piedras y las observaba hundirse lentamente, solo cuando vio un reflejo de luz en el agua volteó y vio a Nightblade parada frente a él con la espada en las manos. 

Vaya, que agradable sorpresa – Alejandro no podía disimular la emoción de verla – pero déjame ayudarte con eso, no puedo creer que olvidara mi espada. 

Caminó a tomar la espada, pero antes de hacerlo se detuvo. 

No me va a pasar nada si tomo mi espada, ¿cierto? – dijo con un tono desconfiado. 
No, no – respondió ella – por lo de antes, perdón 
No te preocupes, a mí no me importa sangrar de vez en cuando – Alejandro no paraba de sonreír – además no creo que haya sido con intenciones de asesinarme, ¿cierto? 

Ella se agachó apenada. Alejandro se sorprendió de su reacción. 

Bueno, y ¿ahora si me dirás cuál es tu nombre? Perdóname que insista pero Nightblade no es un nombre real – el caballero de la capa roja la veía con atención 
Pamela, ese es mi nombre, pero en mi aldea todos me decían Nightblade – respondió ella. 
Pamela me gusta – dijo él mientras lanzaba una piedra al río 

La tarde pasó rápidamente, en cuanto la luna brilló en lo alto del cielo dio inicio la sesión de entrenamiento, faltaba casi una semana y media para el torneo, y a pesar de que todos practicaban por su cuenta, nunca habían hecho trabajo en grupo para detectar sus debilidades y aumentar sus fortalezas, el entrenamiento transcurrió mejor de lo esperado. 

Aramis observó con gusto que Alejandro y Nightblade durante la batalla estaban juntos, sus habilidades se complementaban de una forma inigualable, eso sin duda sería de mucha utilidad el día del torneo, también vio que Amanda además de ser una magnífica tiradora con el arco hacía un excelente uso de la magia, ya fuera al lanzar flechas encantadas o haciendo conjuros individualmente. Se sintió más que satisfecho al ver que estaban preparados para el torneo, se podrían enfrentar a lo que fuera y saldrían victoriosos.


Los días previos al torneo transcurrieron de forma normal entre preparaciones y entrenamientos, así que el día anterior al torneo decidieron tomarlo como descanso, después de haberse esforzado se merecían un respiro. Aramis estuvo leyendo el libro de hechizos de su familia, era una de las pocas pertenencias que le recordaban los primeros años de su vida. Finalmente cuando terminó el capítulo lo cerró y se quedó pensando, trató de recordar cómo es que la Aldea de la Luna desapareció, porqué todos los habitantes murieron menos él, porqué solo él había sobrevivido, no lo entendía y lo único que había en su cabeza eran imágenes fugaces de como todo se derrumbaba mientras el permanecía en el centro observando, sosteniendo el bastón y los frascos, las llamas arrasaban con todo y él no podía hacer nada para evitarlo, las lágrimas resbalaban por su rostro mientras él, asustado, permanecía inmóvil, siempre inmóvil. Agotado con todos los recuerdos se dejó caer y lloró de nuevo.

Continuará

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